Hablando de Emma Bovary

 

En la sesión del martes, 9 de mayo, hemos hablado de “Madame Bovary”.

Gracias a nuestra compañera Dori que domina la lengua de G. Flaubert y nos ha leído un fragmento de la obra, aunque no sabemos francés, si hemos apreciado los ritmos y la musicalidad, características de la poesía, que alcanza la lengua francesa a través de la genialidad del autor, así como ver hasta que punto las interpretaciones de los traductores pueden tergiversar un texto.

En cualquier caso, Emma Bovary: inconformista, transgresora, egoísta, buscadora, brillante, manipuladora, bipolar, falsa, romántica, mentirosa, encantadora… es un personaje capaz de suscitar amor u odio pero nunca nos deja indiferentes, se recrea con nuevos matices en cada lectura.

Por supuesto nos ha atrapado su brillo, durante la mayor parte de las dos horas que dura nuestro encuentro, eclipsando a los otros personajes de la novela, relegados a un plano borroso, hasta que hemos comprendido que sin esas luces difusas al oropel de Emma se le vería el latón; que todos reflejan el gran brillo fatuo que se retroalimenta.

Habrá que volver al planeta “Madame Bovary” si queremos seguir jugando a  ¿espejito, espejito, a quién me parezco más?

Y como hemos llegado a Emma Bovary  después de leer “Jane Eyre”, la comparación de los dos personajes femeninos es inevitable.

Las dos luchan para cambiar su destino pero en el fondo y en la forma son muy diferentes.

¿Emma se inclina sobre su pozo para besar a la luna?

¿La luna besa el agua del pozo de Jane?

Varias coincidencias nos traen a otro grande de la literatura: Baudelaire.

Era amigo de Flaubert, los dos nacieron en 1821, ambos publicaron su obra fundamental en 1857 y poco después del proceso en torno a “Madame Bovary” también acusaron a Baudelaire de atentar contra la moral con su libro “Las flores del mal”.

Leímos el poema introducción de “Las flores del mal” trascrito a continuación.

AL LECTOR

La necedad, el error, el pecado, la tacañería,
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,

Y alimentamos nuestros amables remordimientos,

Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;

Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto

Que mece largamente nuestro espíritu encantado,

Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este sabio químico.

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!

A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;

Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,

Robamos, al pasar, un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,

En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones

Desciende, rio invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,

Todavía no han bordado con sus placenteros diseños

El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,

Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes

En la jaula infame de nuestros vicios,

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,

Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo tragaríase el mundo:

¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto,

Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,

Tú conoces, lector, este monstruo delicado,

—Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!

1855.

Este mes, que ya es el último de esta temporada, nos despedimos leyendo un libro que le gustaba mucho a Jane Eyre: “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift (1667-1745).

Y este problema lo plantea Daniel Samoilovich en su libro “Como jugar y divertirse con Escritores Famosos”. Os retamos a averiguarlo.

Gulliver es doce veces más alto que los lilliputienses. Apenas llegado a Lilliput y mientras duerme en la playa, Gulliver es fuertemente atado por los pequeños nativos. Luego, éstos se proponen trasladarlo a prisión. Para ello deben subirlo a un gigantesco carro de 22 ruedas. Para subirlo, 900 hombres tiran de 80 poleas ¿Bastan para levantarlo?

Hasta el 13 de Junio, queridos amigos.

 

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